el prostíbulo de Valencia
Mitología y Leyendas Sexo

El prostíbulo de Valencia, el más grande lupanar en la Edad Media

Durante la Edad Media, los prostíbulos eran “un mal necesario”, eso lo decían los mismos curas de aquellos días. Estos lupanares servían para que los hombres no descargaran sus “ansias” en las “mujeres honradas” (mujeres, vírgenes sobre todo, que no vendían su cuerpo por dinero). Esta idea ya había sido expuesta anteriormente por San Agustín: “quita las cloacas en el palacio y lo llenarás de hedor; quita las prostitutas del mundo y lo llenarás de sodomía”. Sí, es una cruel comparación, pero así se pensaba en ese tiempo. El prostíbulo de Valencia, España, era el mayor y más concurrido, llegó a ser conocido por toda Europa.

Atracción turística de la ciudad… ¿?

Quién lo diría… Era una de las épocas más represivas en cuanto a la libertad sexual. Sin embargo, la mayor atracción turística de aquellos que visitaban Valencia era, nada más y nada menos, que el prostíbulo. Dicho lugar era muy famoso por albergar hasta doscientas prostitutas. Muchísimos clientes pasaban la puerta y salían halagando a las mujeres que allí se encontraban. Se consideraba una atracción turística, hasta el año 1651 cuando mandaron a las meretrices abandonar el lugar.

El mal necesario

En el documento “Ciudad y prostitución en España en los siglos XIV y XV”, escrito por Eduardo Muñoz, se afirma que la prostitución se legalizó a mediados del siglo XIV. Dicha medida se tomó como estrategia para controlar ese oficio condenado moralmente por la Iglesia Católica y, en general, por gran parte de las personas medievales del momento. También para “encerrar” a las mujeres de “vida airada” de la “comunidad sagrada”. O sea, era un mal necesario para que los hombres disfrutaran y para ocultar a esas mujeres que eran consideradas una vergüenza dentro de esa sociedad.

No obstante, aunque las prostitutas eran denigradas, al mismo tiempo eran consideradas una especie de salvadoras, pues se dedicaba a “canalizar la violencia sexual” de aquellos jóvenes alocados con ganas de sexo. Así, esos  hombres sátiros no se mirarían a las “mujeres honradas”.

Por esa razón se institucionalizó el oficio y nació la “prostitución pública”, por eso las prostitutas eran llamadas “mujeres públicas”. A partir de ahí, muchas ciudades inauguraron sus lupanares. De hecho, con la institucionalización, las meretrices que se negaban a dejar sus antiguas zonas de trabajo (en las calles, por lo general) fueron demonizadas y más denigradas aún por llevar su labor de forma externa a la ley. Es decir, la prostitución clandestina era ilegal. Eran esas prostitutas “rebeldes” a las que perseguían y castigaban. Cuando las atrapaban, les decían que debían pagar algún monto de dinero a cambio de su libertad; si no tenían, las azotaban.

El prostíbulo de Valencia

Cuando crearon el burdel, construyeron un muro alrededor de él para separarlo del resto de la población. Se le dejó solo una entrada destinada para acceder al lugar. Incluso se cegaron las calles que se hallaban en las cercanías y se estableció un guardia en la puerta para que revisara a los clientes antes de que entraran, y quitarles cualquier arma amenazante que pudieran portar. Esta mancebía estaba organizada como una pequeña comunidad dirigida por un Regente.

Organización

Dentro de los muros, el burdel era como una mini ciudad dividida en varias calles, donde se encontraban unos 15 hostales y varias casas. Las prostitutas podían hospedarse en uno de los hostales alquilando una habitación, o en una de las viviendas. A ellas les resultaba mejor alquilar una de esas casas porque tenían más independencia.

Dichas casas era pequeñas pero con fachadas muy hermosas y muy bien cuidadas, adornadas de flores y arbustos aromáticos. Las mujeres se sentaban en la puerta esperando a sus clientes, o se las veía hablando con hombres desenfadadamente.

Aun así, seguían dependiendo de los hostaleros, aquellos que las contrataban y con quienes pactaban el sueldo. Ellos también hacían labores de prestamistas y les daban dinero a las prostitutas para que adquirieran joyas y vestidos. También cuidaban de ellas cuando se enfermaban. Ninguna meretriz podía abandonar el lupanar sin antes haber pagado todas sus deudas, cosa que, de cierta forma, las tenía amarradas al lugar.

A las prostitutas las revisaban doctores cada cierto tiempo para asegurarse de que no tenían algún mal venéreo o alguna otra enfermedad contagiosa. La verdad es que estas mujeres estaban muy bien cuidadas y atendidas, algunas hasta se daban lujos exquisitos porque recibían muy buenos sueldos.

Distinciones religiosas

Las mujeres públicas que estaban dentro de ese prostíbulo de Valencia eran de muchas ciudades. Se las llamaba y reconocían de acuerdo con su procedencia: “la aragonesa”, “la de Murcia”, por ejemplo. Algo parecido sucedía con la religión, pues las relaciones entre diferentes religiones estaban prohibidas. Es decir, aunque el lupanar también estaba abierto para recibir a gente extranjera, los judíos y los musulmanes no debían juntarse con los cristianos. Si la prostituta era cristiana, no podía relacionarse con un judío o un musulmán.

Condiciones para ejercer la prostitución

Contrario a lo que podría pensarse, con que las mujeres llegaran a ofrecer su cuerpo no era suficiente, sino que debían cumplir con los siguientes parámetros:

  • No podían ser menores de 20 años.
  • Debían solicitar una licencia al Justicia Criminal.
  • Debían trabajar todos los días, excepto Semana Santa y otras fechas religiosas. Pues debían santificar las fiestas. De hecho, durante Semana Santa, las prostitutas hacían un retiro espiritual obligatorio, sufragado por la misma ciudad.

Curiosamente, en el retiro espiritual, a las meretrices se le daban charlas y, mediante oraciones, se buscaba persuadirlas para que dejaran de ejercer el oficio de la prostitución y volviesen al recto camino del Señor. Algunas cedían y dejaban de prostituirse, pues le prometían encontrarles marido para que pudieran establecerse y se hicieran señoras de hogar.

Clausura del burdel de Valencia

En el año 1651, el Arzobispo y Virrey de Valencia, Fray Pedro de Urbina, ordenó que se cerraran las puertas del prostíbulo y que las mujeres del “malvivir” abandonaran su trabajo y se pusieran a servir a Dios o a estar en sus casas. Algunas simplemente huyeron porque no podían dejar su oficio, otras resistieron en el burdel y no se fueron porque no tenían a dónde ir. Bueno, a estas últimas, se las obligó a ser monjas y a eso se dedicaron a partir de ahí. Las otras seguían siendo prostitutas, pero en las calles, cosa que aumentó los contagios de enfermedades venéreas.

¿Y qué hay del amor?

Bueno, durante el tiempo en el que el burdel estuvo abierto, muchísimos hombres visitaban el lugar, incluso los que ya estaban comprometidos o casados. Claro que algunos terminaron enamorándose de sus meretrices, pero no podían hacer nada, no podían casarse con ellas, y ellas debían rendirle cuentas a sus hostales. De alguna forma esos hombres enamorados se las arreglaron para tener a sus prostitutas muy consentidas con joyas y demás. Pero ellas no podían serles fieles, sexualmente hablando, pues con su trabajo se ganaban la vida y pagaban sus deudas.

 

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Durante la Edad Media, los prostíbulos eran “un mal necesario”, eso lo decían los mismos curas de aquellos días. Estos lupanares servían para que los hombres no descargaran sus “ansias” en las “mujeres honradas”. En este post hablaremos del prostíbulo de Valencia, el más grande de Europa durante la Edad Media.
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